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Política humanitaria


EN estos momentos de grandes tribulaciones sociales y de inestabilidad gubernamental a nivel de Estado-Nación, en la unamuniana España de ayer y de hoy, como siempre las ha habido y habrá en mayor o menor intensidad, no está mal recordar, a pesar de quebrarse el llamado "Espíritu de la Transición" o " de Múnich" y de cierto agnosticismo espiritual, traer a colación el humanístico solidario del Salmo 100, que tiene por cohesión ideológica, la siempre búsqueda desde la propia condición política el bienestar de la comunidad a partir de la libertad y dignidad individual incardinada en el derecho y deber de cada persona: 

"Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor; voy a explicar el camino perfecto: ¿Cuándo vendrás a mí? Andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa, no pondré mis ojos en intenciones viles; aborrezco el que obra el mal, no se juntará conmigo; lejos de mí el corazón torcido, no aprobaré al malvado. Al que en secreto difama a su prójimo lo haré callar; ojos engreídos, corazones arrogantes, no los soportaré. Pongo mis ojos en quienes son mis leales, ellos vivirán conmigo; el que sigue un camino perfecto, ese me servirá; no habitará en mi casa quien comete fraudes; el que dice mentiras no durará en mi presencia; cada mañana haré callar a los hombres malvados, para excluir de la ciudad de Dios a todos los malhechores" 

Exhortación con gran significado político actual, en la lucha permanente del corazón, el alma y la razón por metabolizar en los sentires, la integridad de la honestidad y honradez de todas las personas, especialmente, quienes nos dedicamos al servicio público, sea cual sea el régimen jurídico laboral o administrativo de aplicación, en la vocación de plenitud al servicio a los/as ciudadanos/as y al bien común o interés general y social de toda la comunidad cívica de convivencia democrática por unos lazos sean o no empíricos y/o historiográficos. 


Estamos cansados, muy cansados, decepcionados y desencantados de tanta pedantería, grosería y ordinariez que maltrata el lenguaje, de comportamientos excéntricos, anárquicos, ridículos y vacíos. Exigimos, nos exigimos, serenidad, naturalidad y control de los sentimientos frente a tanta vulgaridad, la distinción, lo selectivo, lo escogido, lo cultivado o educado, en suma, la rectitud del corazón y la fineza de espíritu estética y ética en la vida pública y en la privada.

Rafael Leopoldo Aguilera

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