Cuando comenzaba la tarde a anochecer y llegaban desde la lejanía las fragancias de un celeste mar mediterráneo y olores procesionales de nardos, en una habitación cinco estrellas del Hospital Mediterráneo de la capital, expiró con el último hálito del corazón en la esperanza divina que su alma se posase en el paraíso celestial, María Martínez Oña, 97 años de humildad, tesón, esfuerzo y mucha fe. No lo tuvo fácil esta generación de mujeres, tras la salida de “la gran guerra” se encontraron de lleno con una guerra incivil y otra guerra mundial, con una posguerra y muchos, muchos años de muchas carestías y carencias para poder sobrevivir o malvivir honestamente en una sociedad quebrada por la ignominiosa ruptura de familias por razones ideológicas. Su vida fue todo un adagio. Su vida discurrió entre su querida calle Cádiz del casco histórico, flanqueada por la calle Regocijos camino de las murallas del Cerro de San Cristóbal hasta el Sagrado Corazón de Jesús, la iglesia de Sa...