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Mi querida España

                                                                    
EN plena fiebre de retirada de gentilicios del callejero, retirada de títulos de hijos predilectos, adoptivos, escudos de oro, fajines, estrellas o medallas, interpelaciones y mociones declarando personas non gratas a quienes nos caen mal, investigados, imputados o condenados, muertos o vivos, en medio de todo este desbordamiento de inquina que padece nuestro país.

Devoto a la patrona de los funcionarios de Administración Pública Local, a la fervorosa Santa Rita, la santa de lo que se da no se quita. Si hacen doctor honoris causa o dan un premio a alguien famoso - eso siempre- y el premiado, al cabo del tiempo, rompe en sinvergüenza piadoso o compulsivo, no se le debe quitar el alto honor, sino ahí, a la vista, para que a la próxima se lo piensen dos veces antes de premiar al exitoso o al poderoso de turno. Una pequeña placa diciendo quién propuso, quién aprobó y quién dio ese homenaje sería medida de sobra de memoria histórica, sin necesidad de quitar ningún nombre, ni meter la piqueta en ningún monumento artístico, ni ir por deslegitimando hijos putativos.


Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»


Miguel d'Ors en su poema "Siete motivos para desear que no me dediquen una calle", dice en su punto tercero: "porque mi imaginación/ya está asistiendo al pleno en que otro ayuntamiento/aprueba echar abajo mi memoria/para sustituirla por sabe Dios cuál otra/más políticamente fotogénica./Ahorrémosle trabajo a los ilustrísimos". Sin embargo, a veces el despecho de la piqueta, viniendo de según qué señorías, es un honor más alto." Mi querida y sectaria España. ¡Que siga el Carnaval!

Rafael Leopoldo Aguilera Martínez

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